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Cuando un bebé está a punto de nacer siente una gran angustia. Se considera que es el momento de mayor stress que una persona sufre durante la vida. El bebé se encuentra cómodo, seguro. Creció en el vientre de su madre. Allí recibió el alimento y la fuerza para vivir. Pero llega el momento en que debe abandonar ese lugar seguro para ir... quién sabe a dónde. Siente angustia, miedo... Llega el parto, la partida, el desprendimiento, momento fuerte, pero que habitualmente conduce a brazos afectuosos, que lo esperan para darle lo mejor. La muerte es similar al nacimiento. Habitualmente invade una gran angustia en el momento en que llega, sentimos miedo porque no sabemos qué sucederá. Pero, si también fuera un pasaje a otra vida, donde pueden esperarnos brazos llenos de amor... ¿no cambiaría nuestra actitud? Mediante este fascículo queremos alentar a vivir, incorporando la realidad de la muerte. Porque muchas veces se desperdicia la vida a causa del temor a la muerte, o por la imprudencia de no tenerla en cuenta. Como bien decía Montaigne: “El que enseña a los hombres a morir les enseña al mismo tiempo a vivir”. Todos enfrentaremos a la muerte, pero si estamos preparados para ello, la vida cambia mucho. Y en este aspecto Dios es imprescindible. Él tiene respuestas a los interrogantes que la muerte presenta, consuelo para el dolor que ella implica, esperanza para afrontarla con serenidad. Dios es el camino para transitar confiados el angustiante tema de la muerte.
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